Economía Política del 68

Miguel Ángel Lara Sánchez* 

  

  Los sucesos del 68 no son de alcances únicamente nacionales sino profundamente mundiales. En él coinciden las protestas de los movimientos sociales del Mayo francés del 68, la primavera de Praga, el otoño italiano, la revolución cultural china que arranca de 1966, el breve episodio insurreccional del “cordobazo” argentino, etc., así como el 2 de octubre en México, por citar los más conocidos, ya que su presencia va más allá de este breve recuento.

     Pareciera que éstos se producen estrictamente en la esfera de las relaciones políticas, pero en realidad son de un significado más complejo: cuestionamiento de las formas políticas, de los tipos particulares de ejercicio del poder por las clases dominantes, de los anquilosamientos que presentaba la cultura y la educación, del arte, del uso de los medios masivos de difusión, etc. Es la puntual sincronía de profundos cambios revolucionarios en las formas de consciencia social, pero también el indicador del ocaso de las formas de producción imperantes hasta entonces a escala mundial.

    ¿Qué fue lo que modeló las formas sociales de expresión de la humanidad desde  principios de siglo hasta la explosión del 68? Indudablemente que el nuevo reparto de territorios y mercados tras los resultados de las guerras mundiales, la lucha encarnizada del gran capital contra la primera nación socialista del orbe, la extinta URSS, al cobrar forma en la Guerra Fría y la hegemonía mundial de los Estados Unidos tras la derrota del fascismo, por citar los ejes medulares. Pero también la influencia de las formas particulares del producción que desarrolló el capital tras el despliegue de las primeras figuras automatizadas: nos referimos al taylorismo y el fordismo.

    La sacudida mundial en el 68 cuestiona la naturaleza y la función esencial de las tres instituciones principales  de la cultura moderna: la familia, la escuela y los medios de comunicación.[1]  Así como al seno de la fábrica el taylorismo parceló hasta el extremo la actividad del obrero mediante la división del trabajo, el estudio de los tiempos y movimientos y en fin, de la “única mejor manera” del quehacer laboral del obrero individual, de la misma forma a nivel social se construyó un sistema parcelado de saberes, autonomizado y basado en la especialización, propio del último tercio del siglo XIX y de los dos primeros del siglo XX. Después del 68 no es casual, por tanto, que mundialmente se propaguen las visiones integradoras en la ciencia, la cultura, la educación y en general, en casi todas las formas de conciencia social de la humanidad.

     El 68 cuestionó los viejos esquemas del cambio social  mediante la crítica radical de las viejas izquierdas, de las formas dogmáticas del pensamiento marxista  de la primera mitad del siglo actual y de las luchas de liberación, abriendo paso a la multiplicidad de las mismas, al florecimiento de las resistencias antisistémicas tanto en el plano político como en el de la conciencia social de los sujetos históricos.

    Pero igualmente anuncia el ocaso del movimiento cíclico de larga duración del desarrollo capitalista, pues si bien rompió la visión cercenada y unilateral del desarrollo de las ciencias y la cultura, también constituye la explosión de las formas ya para entonces agotadas a escala mundial del fordismo y el taylorismo, que se expresan en la sincronía de las crisis financiera, energética, productiva y de realización del capital tanto en el plano de las economías locales como en el de la economía mundial pocos años después de desatada la explosión social del 68  a esa escala.

     La segunda mitad de los años sesenta y la siguiente década, son para el capital la fase de transición entre la superación del taylorismo y el fordismo,  de un lado, y de otro, la preparación del automatismo o automación (basada en los computadores), como le llaman algunos, en la búsqueda por el capital de una nueva forma de reproducción del excedente. La remoción de conciencias que produjo el 68 a escala mundial preparó el terreno para una visión más integradora no sólo de los sujetos revolucionarios, sino también de los dedicados a refuncionalizar las bases del sistema capitalista. No es casual, por tanto, que justo en ese breve tiempo histórico se construyeran por los laboratorios de investigación y desarrollo de las empresas multinacionales y los institutos de investigación universitarios europeos, japoneses y estadounidenses, las bases científico-técnicas de la producción automatizada  basada en la microelectrónica y la computación, en los nuevos materiales y las nuevas fuentes de energía, por citar las más esenciales, que le darían la fisonomía actual que tiene la producción de plusvalor.

     El desarrollo de las fuerzas productivas del capital desde mediados de los años 50 apuntaba ya a nuevas bases técnico-materiales completamente distintas, diametralmente opuestas a las que tenían el taylorismo y el fordismo hasta entonces. En vez de la fragmentación, la integración; en lugar de la rigidez, la flexibilidad; el enriquecimiento cada vez mayor de las tareas en lugar de la vaciedad de contenido de las mismas, la creciente importancia del conocimiento en oposición a su negación en la producción directa de los bienes; el desarrollo creciente de la producción intangible por la necesaria materialidad de los productos, etc.

     Así pues, la superación de la rigidez de las formas de producción capitalistas, que también ponían su sello en el conjunto de las relaciones sociales, era una de las expresiones esenciales del movimiento del 68 a escala mundial. ¿Qué se pedía, sino la abolición del autoritarismo, rígido de los Estados nacionales, una visión integradora, multifacética de la cultura y la educación frente a la dispersión y vaciedad de contenido  de las formas de consciencia social, etc.?

     En el plano nacional mexicano, el movimiento estudiantil-popular del 68 también cuestionaba todos estos valores y relaciones anquilosados. La libertad política se sucedía con el rompimiento de los esquemas en la educación, la cultura, la familia, etc., heredados de la estrecha visión de los gobiernos postcardenistas. Igualmente se hicieron eco de las aspiraciones de la clase obrera al demandar la superación del corporativismo sindical y en general, de las libertades democráticas de la sociedad entera.

     Este estallido no constituye un hecho aislado, por mucho que haya sido su esplendor. Es el corolario de la sucesiva confrontación de clases en nuestro país por las libertades democráticas. Tiene como antecedentes la lucha de los mineros de Nueva Rosita en 1950, las jornadas de los maestros y ferrocarrileros en 1958, la lucha revolucionaria de Rubén Jaramillo en 1961, aplastada brutalmente por la represión; las luchas de los maestros residentes internos en 1964, solidariamente respaldados por numerosos sectores del proletariado mexicano, tales como los electricistas, huleros, politécnicos, etc.

     Ente sus principales efectos en la reproducción del capital tenemos el cuestionamiento por numerosos descatamentos obreros de las relaciones despóticas del capital al seno de la fábrica, reclamando no sólo la democracia e independencia sindicales, sino también disputándole al capital individual espacios en la gestión y el control de la producción, tal y como se dio en las jornadas obreras de los primeros años de la década de los años 70, y que continúa hasta nuestros días. Así, la clase obrera disputaba al capital una nueva visión de las relaciones de poder al seno de la producción. Y en esto, los efectos del 68 siguen presentes hasta el momento.

     Por otra parte, dada la brutal respuesta por parte del Estado Mexicano, inmediatamente después tuvo que introducir cambios en su política económica para tratar de recomponer los hilos del consenso en la población entera. No es casual, pues, que en esta década tengamos una recuperación  importante del poder de compra de los asalariados, influyendo así, en las proporciones que le corresponden, en el aliento al mercado interior. De esta forma, el capital buscaba revertir en parte la tendencia concentradora del ingreso que se venía presentando, pues entre 1950 y 1968 el 40% de los sectores más pobres vieron caer su ingreso mientras que sólo el 7.5% de la población recibía más de 4 salarios mínimos. Casi 50% de la fuerza de trabajo formal ganaba menos de un salario mínimo.[2] El movimiento estudiantil empujó al gobierno echeverrista a resarcir en parte a los asalariados del país una parte de la riqueza que habían concentrado los sectores más ricos del país.

     Frente a un escenario de caída sensible de la agricultura, del agotamiento del enfoque de la llamada sustitución de importaciones, la caída del ingreso y el malestar político-social, la gran burguesía tenía ante sí un panorama desolador inmediatamente después del 68 debido a la sincronía de la crisis general del capitalismo, ya aludida líneas arriba. La protesta social consumó el agotamiento de la acumulación extensiva basada en el taylorismo y la sustitución de bienes intermedios y aceleró el tránsito hacia una acumulación intensiva donde se ponía el acento en el desarrollo de no pocos sectores de producción de medios de producción, aunque fuertemente dependientes de la inversión del capital foráneo.[3] A estas alturas notamos que este viraje en la reproducción del capital a escala social resultó fallido, pues jamás se crearon las bases para una inserción eficaz a los circuitos mundiales de producción acorde a los tiempos actuales de la globalización y la economía de la información y el conocimiento.

     Justo cien años antes del 68 también se dieron los detonantes políticos vía las Leyes de Reforma bajo la conducción de Juárez para consumar la acumulación originaria del capital en el país, en medio de una lucha tenaz contra las fuerzas conservadoras y reaccionarias. Cien años después no fueron los liberales sino los sectores populares quienes dieron la batalla por las libertades políticas. Con ello marcaron el tránsito hacia nuevas formas de reproducción del capital, aunque su profundo significado no se limitó a este estrecho marco. Hoy somos herederos y sujetos continuadores de esta gesta revolucionaria, tanto en el plano nacional como mundial, y esperamos que nuestros actos de transformación de las relaciones caducas trasciendan la mera coyuntura temporal para que  uno de sus grandes lemas no quede como mero registro propagandístico:  “seamos realistas, pidamos lo imposible”.

Octubre de 1998.



* Conferencia pronunciada en el Coloquio 1968: Treinta años después, organizado por la Facultad de Estudios Superiores, Aragón/UNAM, en Octubre de 1998. México.

[1] Una exposición más detallada sobre los efectos del 68 en estas tres entidades la tenemos  en: Aguirre Rojas, Carlos. Los efectos de 1968 sobre la historiografía occidental, en la revista La Vasija, Año 1, Vol. 1, No. 3 México, agosto-noviembre de 1998.  De aquí  recogemos las ideas principales sobre las relaciones socioculturales del 68.

[2] Gutiérrez Garza, Esthela. De la relación salarial monopolista a la flexibilidad del trabajo. México, 1960-1986, en: E. Gtz. Garza. Testimonios de la crisis. Vol. 2 Siglo XXI, México, pp. 129-173

[3] Uno de los estudios recientes sobre el particular lo realiza Dussel P., Enrique. La economía de la polarización. Teoría y evolución del cambio estructural de las manufacturas mexicanas (1988-1996). Coedicion Ed. Jus y UNAM. México, 1997.

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